09 junio 2013

A propósito de Henry... digo de Abbott

En algún momento hablé sobre esa manía que existe en España de cambiar los títulos originales de las obras por otros que a alguien, muchas veces un alguien descriteriado, le parecen más acertados. Ese es el caso de 
A propósito de Abbott, que en su versión original se titulaba Abbot awaits [Abbott espera] y que tras leer el libro resulta mucho más acertado, porque Abbott es un hombre que espera que todo cambie o al menos que algo cambie. 

La novela está dividida en casi cien situaciones/pensamientos que vive y tiene Abbott. Un profesor universitario de 37 años, durante los tres meses de verano en los que mientras su mujer se encuentra en las últimas semanas de embarazo y sufriendo insomnio, él tiene que encargarse de la casa, del perro y de su otra hija de dos años. 

Siempre me ha extrañado, y por qué no decirlo, frustrado, que siempre que he preguntado a un hombre en qué piensa me ha solido contestar que en nada. Leo a Abbott y sus pensamientos disonantes, tiernos, crueles, indiferentes, absurdos... y pienso que si eso es lo que les pasa a los hombres por la cabeza, jamás volveré a preguntar a ninguno en qué piensa. He decidido que es mejor no saberlo. La mente de Abbott es un batiburrillo de inseguridades, de admiración, de deseos sexuales, de orgullo infantil, de rencor más infantil aún, de amor por sorpresa, de impulsos... que a veces son tan ilógicos e incomprensibles que es casi imposible transmitirlos sin perder la imagen de cordura.  

No me ha encandilado, pero me ha gustado cómo está escrito, un poco al vuelo del pensamiento. No por nada su autor, el estadounidense Chris Bachelder, es profesor de escritura creativa en la Uiversidad de Massachusetts Amherst. En definitiva: no pasará al edén de los libros imprescindibles, pero si su labor era la de hacer pasar el rato con una cierta dignidad, misión conseguida. 

Os dejo una de las situaciones para ver si os apetece hincarle el diente.

Abbott va a la cafetería

Aunque el calzado más antiguo que se ha encontrado tiene nueve mil años, algunos científicos creen que los humanos pudieron empezar antes a fabricar calzado rudimentario, hace treinta o cuarenta mil años. Se sabe que ya existían bombas en el año 1281 de nuestra era, fecha en que los mongoles lanzaron bolas de cerámica llenas de pólvora a los japoneses. (Los fragmentos han llegado a nuestros días.) Dos nombres, separados durante siglos, finalmente unidos. Dos conceptos fusionados. No habléis con desconocidos, le dirá un día Abbot a sus hijos, a modo de advertencia. Ni a personas que vayan calzadas. Se sienta en la cafetería con su hija en el regazo. La niña todavía tiene los ojos hinchados de haber llorado. Él recorre el atestado local con la mirada y no ve ninguna bomba. Como es un hombre moderno, sabe que eso puede significar dos cosas: que no hay bombas en la cafetería, o que hay bombas en la cafetería.

04 junio 2013

Las tiroides de Calcetines

Calcetines tiene hipertiroidismo, por eso está tan delgado, aunque con tanto pelo no lo parezca. Llegó a pesar 3,2 kg, lo que para un gato adulto de su tamaño es como de campo de concentración. Ahora y tras cambiarle el pienso por otro para hipertiroidistas, está en 3,4. Sigue delgado pero ya no estudio la osamenta cuando lo acaricio. 

Calcetines tiene problemas de riñón. En los análisis que le hago cada medio año, los rangos de la urea están disparados, aunque con un pienso específico para felinos con problemas renales está más controlado. 

Calcetines tiene problemas de dentadura. Tenía un aliento horroroso, como de calle de Casco Viejo en Pamplona en plenos Sanfermines. Le durmieron, le limpiaron los dientes y le quitaron un colmillo. Ahora ya no te tumba al suelo cuando te lame o cuando bosteza, pero probablemente tras ese colmillo irán un par de dientes más. 

Calcetines tiene problemas de estrés. En ocasiones vomita (aunque hace tiempo que no lo hace) y últimamente se lame y se lame las patas hasta quitarse el pelo y dejarse la piel casi en carne viva. 

En realidad lo que Calcetines tiene son años. El mes que viene cumplirá 12. O eso creo, porque hace once años y medio Calcetines apareció en la puerta de mi casa, desnutrido y sin pelo. Lo llevé al veterinario, lo vacuné, le di de comer y me lo quedé. Hasta hoy. Cuando me encontró tenía 6 meses, a punto de entrar en celo, así que ante la duda de en qué fecha nació le he puesto su cumpleaños el 19 de julio. 

A pesar de los años, Calcetines está muy ágil y sigue brincando como un rebeco. Aunque ahora duerme mucho, muchísimo. Eso sí, sigue un horario personal muy particular. Probablemente duerma unas 20 horas al día (aunque bien podría estar meditando con los ojos cerrados, quién sabe), y parte de las que no (y reclama que yo tampoco) son de las 5 a las 8 de la mañana. Como un bebé, que molesta pero al que se le aguanta porque se le quiere.

Calcetines es un sol. Conmigo, con las visitas e incluso con Ojos Amarillos, aunque le pinche para sacarle sangre cada vez que le visita. 

Calcetines es parte de mi vida y cuando se vaya seguirá conmigo. Aunque sea sólo a través de los pelos que dejó en toda mi ropa. 

03 junio 2013

Lacanofobia o el ataque de los tomates asesinos

No sé si lo he dicho alguna vez, pero trabajo en un centro de estudios. En invierno nos dedicamos a enseñar idiomas y a ayudar a los chavales a que aprueben las asignaturas. En verano hacemos campamentos urbanos en inglés para que los niños de infantil y primaria se diviertan, se relacionen con otros niños, aprendan algo de inglés y, por qué no decirlo, para que los padres puedan irse tranquilos a trabajar sin comerse la cabeza de qué hacer con sus hijos.

Este verano uno de los campamentos se llama Fresh Food y se trata de que los niños conozcan más y mejor las frutas y verduras y se acostumbren a cocinarlas y a comerlas. Todo muy sano y ecológico. O eso pensaba yo.

Hoy ha venido un padre a apuntar a sus hijas, precisamente a esta semana, cuando de pronto nos suelta: "Quisiera deciros, para que tengáis cuidado, que a mi hija la pequeña le dan miedo las frutas y las verduras". ¿Cómo que miedo? Será que no le gustan y se niega a comerlas. "No, no, no puede comerlas, ni tocarlas ni casi verlas porque se pone a llorar y a gritar". 

Dos preguntas me vinieron entonces a la mente. La primera es ¿cómo demonios alimentas a esa niña de forma sana? La segunda es si sabes que tiene miedo a las frutas y verduras, ¿por qué la inscribes en un campamento donde justo eso es lo primordial? ¿Qué espera ese señor que hagamos con su hija? 

Como una es bastante prejuiciosa, pero también bastante juiciosa como para echar por tierra sus prejuicios, me puse a buscar en internet sobre este miedo. Cuál es mi sorpresa que encontré que, efectivamente, es una fobia reconocida que se llama lacanofobia. Las personas que la tienen no pueden casi ni ver las frutas y verduras, pues les entran ataques de pánico, sudores fríos, nauseas, taquicardias, ataques de llanto... Obviamente estas personas tienen una salud de mierda, pues por mucho complemento vitamínico que ingieras si no tomas vitaminas directamente de la comida mal lo llevas. 

Yo no sé si aquí, en España, esto está reconocido ni cuál es su incidencia, pero en el Reino Unido parece que hay unos cuantos miles de personas que sufren de este pánico (lo cual es curioso porque más allá de las zanahorias, el brócoli y los guisantes, la dieta británica no lleva mucha fruta ni verdura). El caso más conocido, más que nada porque salió una noticia en The Telegraph y porque la protagonista escribe en un blog sobre su "condición", es el de Vicki Larrieux, una chica de ahora 26 años que cuenta cómo ir a comprar al supermercado o a comer a un restaurante es todo un suplicio. 

No me quiero extender más sobre este tema, pues solamente me había llamado la atención el tema y quería compartirlo; Pero al que le interese saber más le recomiendo que lea el artículo The Fear Factor: Lachanophobia The Fear of Vegetables!, que como habéis intuido está en inglés.