27 junio 2013

Ya soy trabajadora social ¿Y ahora qué?

Con gran orgullo y satisfacción puedo decir que ya soy Diplomada en Trabajo Social por la UNED. Hoy me han dado las dos notas que me faltaban y la verdad es que si me dan un año más lo saco hasta con nota, fijaos lo que os digo. Han sido toda una sorpresa las calificaciones que he obtenido, para qué negarlo. 

Largo camino he recorrido hasta llegar aquí. Comencé en octubre de 2005, cuando me di cuenta de que necesitaba aportar algo más a la sociedad que lo que hacía hasta entonces. Poco después pedía la beca para ir a Chile, me la dieron, estuve allí dos años, dejé los estudios aparcados (ahora bien, optimismo no me faltó, pues me  matriculé en varias asignaturas y me llevé todos los libros a Santiago, pagando el consiguiente exceso de peso tanto a la ida como a la vuelta, para no hacer nada). Volví a España, retomé la carrera, encontré trabajo, me apunté a un máster, dejé el trabajo pero seguí con el máster y la carrera. Acabé el máster, encontré otra vez trabajo y me dieron otra beca, esta vez para ir a Ecuador, por un año. Seguí siendo optimista, porque volví a matricularme y a llevar los libros y pagar exceso de equipaje para volver a no hacer nada. Retorné a España en 2011 y ahí me lo tomé en serio. Hasta hoy, que he terminado. Y no me lo creo. Y miro y remiro las notas, a ver si no me he equivocado. Y miro y remiro el expediente, a ver si no me he olvidado de ninguna asignatura. No, todo correcto. Así que ¡¡¡¡HE TERMINADO!!!!

Ocho años de periplo. Ocho años donde no siempre estuve estudiando, pero siempre tuve los estudios en mente. Comencé con 27 años, he terminado con 35 y en medio de una crisis económica y social que hace que la presencia del trabajador social sea más necesaria que nunca, pero menos solicitada que nunca. Así que ¿ahora qué?

Estuve leyendo los foros de la UNED y muchos de los que habían terminado (tardando más o menos lo mismo que yo) manifestaban la misma sensación. Por un lado, alivio por haber finalizado, por no estar pendiente de libros, estudio, exámenes, trabajos, por dejar ya de pagar (excepto las tasas del título). Y, por otro, un vacío interior por haberse acabado algo que llevaba tanto tiempo dentro de uno, por no saber qué pasará a continuación. Porque, ¿quién me va a contratar con 35 años de trabajadora social si acabo de terminar la carrera?

Pero no es momento de angustiarse. Es momento de estar alegre y satisfecha y orgullosa de no haber abandonado por el camino, y de haber podido compaginar el estudio con el trabajo, con otros estudios, con mi vida. Orgullosa de la constancia que he tenido y que intento extrapolar a este blog. Orgullosa de demostrarme que soy capaz de conseguir lo que quiero. Y ahora a mirar hacia delante. A marcarme otra meta, otro objetivo, a luchar por algo más. Porque, ¿qué es la vida sin nada por lo que luchar?

Es el momento de paladear esas tres palabras que me suenan tan propias y ajenas a la vez. Hasta que me las crea. Soy Trabajadora Social. 

25 junio 2013

Los tacones de mi vecina

No conozco a mi vecina de arriba, aunque, ahora que lo pienso, en realidad no conozco a ningún vecino. Dado que no acudo a ninguna reunión de propietarios (más que nada porque no soy propietaria), quizás debiera haber llevado un pastel de presentación a todos los vecinos de mi bloque, como Bree Van de Kamp en Wisteria Lane. Aunque tal y como anda el nivel de confianza en el prójimo a lo mejor me denuncian por intento de envenenamiento. Déjate, déjate. Lo más normal sería que coincidiera en el ascensor con alguno y comentáramos algo del estilo de "a ver si deja de llover, porque vaya primavera" mientras me fijo en a qué piso va, pero es que debe ser que tengo horarios raros porque nunca coincido con nadie ni en el ascensor ni en el portal. Eso o me evitan.

A mi vecina de arriba me la imagino como Betty Draper, levantándose, a las 6:30 de la mañana de la cama, con el pelo y la cara perfecta. Metiéndose en la ducha y vistiéndose con vestido de vuelo y tacones para, a las 7 de la mañana, ponerse a hacer las labores del hogar. La vecina de arriba es un ama de casa con glamour, que plancha, cocina, pasa el aspirador e incluso limpia el baño con tacones, maquillaje, manicura, pedicura y peluquería siempre a punto. 

Bueno, no sé si va por la casa maquillada y con la manicura hecha, pero de que va con los tacones puestos, va. A las 7 de la mañana, a las 2 de la tarde, a las 10 de la noche, a las 3 de la madrugada, toc, toc, toc, retruenan los tacones sobre mi cabeza, toc, toc, toc, recorriendo los 70 m2 de piso, toc, toc, toc, durante minutos y más minutos. 

El otro día, ya cansada de sus toc, toc, toc, decidí meterle una nota en el buzón, pidiéndole, muy amablemente que por favor, se abstuviera de usar tacones en casa a altas horas de la noche o pronto por la mañana, porque abajo se oía un estruendo que no se podía aguantar. ¿La respuesta? La misma nota devuelta en mi buzón preguntando que a quién iba dirigida la nota y que qué quería decir. Vamos, ¿dónde vas? manzanas traigo ¿La respuesta? El toc, toc, toc, más intenso, más prolongado y a más diferentes horas que antes. Todo un ejemplo de buena educación, buena vecindad y de saber vivir en sociedad. ¡Claro que sí!

El único consuelo que me queda es que le tiene que estar quedando el parquet hecho unos zorros, con esos tacones en plan piolets que debe llevar por la casa, porque por lo demás estoy hasta los tacones de mi vecina. 

24 junio 2013

Mongolia: mi tierra prometida

¿Si pudieras viajar a cualquier lugar del mundo, a dónde te gustaría ir? Mi respuesta es Mongolia. 

Yurta
Me viene a la mente un recuerdo. Tengo unos diez años y estoy aprendiendo las capitales del mundo. China: Pekín;  India: Nueva Delhi; Corea del Sur: Seúl; Corea del Norte: Pyongyan; Mongolia: Ulan Bator. U-lán Ba-tor. Lo repito. Lo paladeo. Me imagino cómo puede ser un lugar que tenga un nombre tan enigmático. Voy a mi atlas Océano y busco Mongolia, donde viven los mongoles y las mongolas. Y no entiendo por qué cuando, a veces, me insultan en el cole me llaman mongola. 






Aprendo que es un lugar donde hace mucho frío, donde la gente es nómada, vive en unas casas circulares, llamadas yurtas, que montan y desmontan cada vez que se mueven de un sitio a otro. Que en invierno visten con abrigos, botas y gorros de pieles muy graciosos y en verano con túnicas de colores vivos. Que cabalgan en pequeños caballos peludos, que beben leche de yak y les gusta la cetrería y la lucha libre. Que los habitantes de ese enorme y desconocido país son gente de baja estatura, pelo negro fino y liso, ojos rasgados, mejillas sonrosadas, cara de luna y nariz pequeña y redonda. Y me veo reflejada y me pregunto si no tendré yo algún antepasado mongol. 

No sé por qué pero me fascina todo lo que tiene que ver con su cultura, su inclemente clima, sus agrestes paisajes. Nunca he estado allí y no sé si alguna vez iré, pero cada vez que me topo con algo proveniente de Mongolia me siento atraída de forma magnética. No sólo por el propio país, sino por Mongolia interior, una región de China con la que comparte todo menos moneda y control político.  

Mongolia, ahora empobrecida y olvidada, tuvo su momento de gloria en el S. XIII, bajo la espada de Temudyin, el implacable Gengis Khan. El Imperio Mongol pasó a ser, en 1206, poco más del territorio actual, a abarcar, en 1279, desde Corea hasta el Danubio, con unos 44 millones de kilómetros cuadrados (el 30% de la superficie de la Tierra) y más de 100 millones de habitantes. Por hacer una comparativa, el Imperio Romano, unos siglos antes, alcanzó una extensión de 6,5 kilómetros cuadrados y 88 millones de personas. Da que pensar sobre lo parcializada y occidentalizada que nos enseñan la historia "universal". 

Como es imposible hacerse con un libro de Mongolia que no sea una guía de viajes, mi contacto con esa tierra y esa cultura se ha producido a través del cine. Os dejo las películas que he visto, aunque lamentablemente todas se centran en ese aspecto de pastores nómadas que, si bien es representativo de la cultura mongola, digo yo que no será lo más habitual (podemos ver un retazo de otra realidad más occidental y "desarrollada" en La boda de Tuya). 

La primera película que vi fue El perro mongol, una cinta realizada con presupuesto alemán, pero dirigida y protagonizada por mongoles. Es la historia de Nansal, la hija mayor de una familia de  nómadas mongoles que, un día, se encuentra un cachorro de perro mientras recoge estiércol cerca de su casa. Desde el primer momento se encandila con el perro, pero su padre teme que sea un descendiente de lobo que les llevará mala suerte y le pide que se deshaga de él.  

Con ella descubrí cómo se montan las yurtas, cuál es el tipo de alimentación que tienen, las creencias, las supersticiones y los roles de la mujer y del hombre dentro de la cultura mongola. 



La segunda fue La boda de Tuya, una película china que trata sobre Tuya, una joven mujer que vive en la Mongolia más profunda con su marido inválido, sus dos hijos y un rebaño de ovejas. La presión del gobierno para que los pastores nómadas abandonen su estilo de vida es muy fuerte y el esfuerzo que tiene que hacer Tuya para sacar adelante a la familia es tan grande que cae enferma y no le queda más remedio que divorciarse de su marido y casarse con un hombre que le ayude en el día a día. A pesar de que tiene muchos pretendientes, la condición de que el nuevo marido acepte al anterior, hace que todos huyan. 



Aunque Tuya tiene que divorciarse de su marido para poder casarse con otro, la aceptación del marido inicial se basa en la poliandria (una mujer que se casa con varios hombres) que no era infrecuente en esa región antiguamente. Eso no quiere decir que las mujeres tengan una condición importante y dominante en la sociedad mongola más tradicional. De hecho, en la película siguiente (bien es cierto que está ambientada en el S. XII) un mongol le dice a otro: "Para un mongol es más importante su caballo que su mujer". 

La película es Mongol, una cinta kazaja que cuenta la vida de Gengis Khan, desde los nueve años hasta que se convierte en el Emperador de todos los mongoles y donde, por cierto, escoge a su futura mujer como si fuera un caballo, de una fila de ocho niñas de entre 8 y 10 años. La película fue nominada al óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2007, pero lo que más me llamó la atención fue la música. Una banda sonora increíble con el colofón final de la banda de folk rock Altan Urag.  



La última de las películas que he visto (he descubierto que hay muchas más que voy a intentar conseguir pese a la dificultad, que existe en España, para encontrar cintas que no sean de Hollywood) es La gran final y es una coproducción hispano-germana (me ha sorprendido mucho conocer que muchas de las películas que hay de Mongolia están realizadas por iniciativa y/o presupuesto alemán. Alguna conexión oculta tiene que haber por ahí.). En realidad, La gran final, de Gerardo Olivares, no sólo trata de Mongolia, sino que son tres historias que tienen en común que los tres protagonistas (una familia de nómadas mongoles, una caravana de camellos de los Tuaregs en el desierto del Sahara y un grupo de indígenas en la Amazonía brasileña) intentan ver, por todos los medios, la final de la Copa del Mundo de Fútbol de Japón 2002 entre Alemania y Brasil. Lo mejor el humor con el que se aborda la situación y la increíble inventiva que destilan para poder conseguir ver el partido. 


Seguiré viendo películas sobre Mongolia y, quién sabe, quizás un día, me monte en el Transiberiano y  conozca, finalmente, mi tierra prometida.